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24 de octubre de 2006.
Si la semana
pasada hice mención a una tendencia que se está apoderando de los
jugadores más jóvenes de nuestras canteras de baloncesto, esta columna
va a servir para plantear una situación tan curiosa como efectiva. Es tan
poco común esta experiencia que si algún lector ha tenido una
experiencia similar, le estaré muy agradecido si la comparte conmigo en
el espacio de comentarios. Voy
a ello. Los
que somos amantes de este deporte nos gusta disfrutar de partidos de
cualquier categoría y esta historia hace referencia a un choque entre
equipos de colegios donde a priori el objetivo es hacer deporte y pasar un
buen rato con los amigos, pero donde no encontraremos jóvenes con serias
aspiraciones de alcanzar el mundo profesional. En uno de esos partidos
donde el público asistente se limita a unos padres ilusionados (y yo), he
tenido la ocasión de asistir a una de las experiencias que posiblemente más
me marcarán los próximos años. A ver como lo explico para que nadie se
sienta ofendido por la situación, porque yo al principio lo estuve y veréis
que con motivos. Se llegaba al último minuto del partido que enfrentaba a
niños de unos 14 años y el entrenador del equipo que iba por debajo tres
puntos solicitó un tiempo muerto. Hasta aquí todo normal. En ese
instante mi curiosidad hizo que me acercara a la zona donde estaba el
equipo reunido entorno al entrenador. Mi intención era muy sana; conocer
(incluso aprender) como un entrenador motivaba a unos chavales en los
instantes finales, pero me llevé una sorpresa mayúscula. Yo, después de
tantos años siguiendo el baloncesto, estaba preparado para escuchar
cualquier cosa o eso creía: estrategias muy complejas que ni plantillas
profesionales se aclararían para aplicarlas, broncas por una mala selección
de tiro en los dos ataques que precedieron al tiempo muerto o simplemente
unas palabras de ánimos a los chavales que al fin y al cabo, se limitan a
disfrutar un rato el sábado por la mañana. Pero el destino quiso que me
cruzara con un “genio” que me iba a enseñar nuevos métodos. El
entrenador con un gesto corporal que mezclaba rabia e ira hizo sentar a
los cinco jugadores que estaban en la cancha y espetó literalmente (nada
más acabar la escena apunté el texto porque no tiene desperdicio): Esas
fueron las únicas palabras que dijo el entrenador durante esos
aproximadamente 60 segundos que consumió el tiempo. Lógicamente no voy a
explicar lo poco que entendí esa extrañísima manera de proceder, y lo
indignado que estaba en ese instante. Pero cada uno es como es y la mayoría
intentamos respetar a los demás. Pero el tema no acaba aquí. Todavía
queda la mejor parte. El partido se reinicia con la posesión para el
equipo de “los cordones mal abrochados” y nada más pasar el medio
campo el base pasa al ala derecha quien lanza de tres y … anota. Saca de
fondo el equipo rival e intercepta el pase un jugador que sin pensárselo
avanza con un par de botes, tira de nuevo de tres y … vuelve a anotar.
Sigo. Sacan nuevamente de fondo, ya con prisas y nervios, cruza el medio
campo y el base sin pensárselo dos veces tira y falla. Nuestro equipo, el
de los cordones, tiene de nuevo la posesión y a falta de pocos segundos
el escolta tira de unos ocho metros y …ANOTA otra vez. Evidentemente,
el mundo se me cayó encima. Todo lo que sé de baloncesto se había
desvanecido con unas palabras en una mañana de sábado en un colegio: ¡Haced
el favor de abrocharos bien las zapatillas! ¡Estáis fallando los tiros
porque el pie está inestable! En
definitiva, el éxito depende de las zapatillas y la fuerza del lazo que
forman los cordones. Lo
dejo aquí.
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